Heidegger otra vez
Ernesto Rodríguez Serra
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ERNESTO RODRÍGUEZ SERRA
La sombra de Heidegger, ¿o su imagen?, ha vuelto a aparecer. Los grandes pensadores no se pierden de nuestro horizonte; también la sombra de Wittgenstein y Walter Benjamin se convierten en presencias vivas cada vez que nos hacemos cuestión de nuestro tiempo.
La grandeza del pensar de Heidegger, que sólo puede negar alguien que se haya sustraído a su pensamiento y quiera juzgarlo desde afuera, es inseparable de su ambigüedad. Quizá de ahí proviene el embrujo que ejerce sobre unos y la indisimulable molestia que provoca en otros.
Uno de los filósofos actuales, Giorgio Agamben -que siguió los seminarios de Heidegger y que proviene también de Benjamin y Foucault, del conocimiento de primera mano de la tradición greco-romana y del pensamiento cristiano-, reconoce la grandeza de Heidegger y le dedica uno de sus libros más importantes. Ya Derrida reconoce que su pensamiento nace de una nota al pie de una página de Ser y Tiempo.
La Verdad del Ser
Pero, ¿qué nos molesta en él, hasta el punto que preferimos alejarnos por un tiempo de su larga obra? En primer lugar, su tono, no sólo de "guardateniente" de la nada, sino de vocero único del misterio del Ser. Si nos hizo darnos cuenta de que la tradición metafísica había omitido, dándola por supuesto, la pregunta por el sentido del Ser, nos advirtió que si no oíamos su voz entraríamos en las tinieblas de lo no pensado. Pero eso mismo a muchos nos parece tenebroso, amenazante. Se trataría de oír, obedecer, dejarse interpelar por la Verdad del Ser y salir así de lo que es apenas correcto.
Oír a Heidegger, sería acercarse al llamado del Ser. Algo así como, en el silencio, oír la voz de Dios. En todo ese tono se oculta la amenaza de quedar excluidos, y eso a muchos nos parece insoportable.
Ortega decía que, con toda su grandeza inaugural, Platón era el "Mississippi de la beatería". Podría decirse lo mismo de Heidegger. Es sintomático que ese acento haya sido reconocido entre nosotros por tanta gente genuinamente sensible y profunda. Pero la "sensibilidad" y la "profundidad" hace tiempo que me parecen sospechosas de inautenticidad. Esa misma autenticidad sin la cual no somos nosotros mismos, ese "cuidado", puede hacernos más autistas que auténticos.
Ese individuo sensible, agudo, reconocido como un verdadero maestro, ése que abre desde sí el claro del bosque del Ser, ¿no se coloca tantas veces él mismo en medio de esa claridad, de tal modo que oyéndolo a él entramos en el misterio de la Verdad, cuyo secreto él custodia y sólo él comprende?Así resulta fácil "apartarse" del mundo de las opiniones y de las vidas vulgares. Ése sí es un piadoso engaño. Si no somos capaces de ver y oír en medio del ruido de la vida común, nos volvemos incapaces de salir de nuestro terreno sagrado y responder con un claro no a la desmesura y la brutalidad.
La buena educación y la cultura, la vida espiritual, encerradas ellas mismas en su jaula dorada, pueden convertirse en un refugio exquisito y no menos cobarde frente a los crímenes de una sociedad dominada por cualquier clase de dictadura.
Sartre y los devotos izquierdistas de su tiempo no sólo se callaron, sino que también aplaudieron el Gulag. Alemanes educados que no podían contener su emoción oyendo a Brahms sabían que al lado de ellos se asesinaba a judíos, gitanos, homosexuales y, en general, a todos los que no oían la voz del Guía. Los devotos derechistas.
Cierto es que Heidegger tiene toda la razón cuando reconoce que el cultivo de la tierra ha sido reemplazado por la industria agrícola, que las universidades son centros de capacitación laboral en las que se estudia y no se piensa, que así todo se ha convertido en recurso disponible y que el desplazamiento de los obreros de Silesia no es tan distinto a la muerte en las cámaras de gases. Tiene toda la razón en lo esencial, pero con una diferencia: las cámaras de gas estaban a pocos kilómetros de su casa en Friburgo y su cabaña en el monte.
En su gran Carta sobre el Humanismo, Heidegger afirma que en su pensamiento está implícita una ética, pero las actitudes éticas deben ser explícitas, y lo contrario es sólo cobardía moral.
Ese ser humano excepcional que fue Hannah Arendt reconoció que el viejo Heidegger -que fue su amante cuando él era profesor y ella, bella judía, su alumna- fue el gran amor de su vida, hasta el final. Cada amor encuentra su ética. También reconoció su grandeza como pensador, pero, al mismo tiempo, denostó la cobardía en su vida privada y pública, y encontró lastimosos sus últimos años, rodeado de gente zafia y de su mujer, que era la figura misma de la feroz ignorancia aldeana y doméstica. Hannah Arendt no se quedó callada frente a las ignominias de su tiempo y desafió hasta la comprensible complacencia vengativa de la comunidad judía.
Intentar seguir pensando lo que Heidegger nos indica como la tarea del pensar venidero y, simultáneamente, romper el silencio, oponerse a la desmesura y a las mil formas de la beatería es lo que nos corresponde, si queremos volver nuestra mirada y conducta sobre la irreductible dignidad de la simple vida humana.





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